© George Riveron, 2009.
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El último dios
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oficio de payaso
volver la cara atrás
y dejar que el tiempo se vaya acostumbrando a ti
cuando estás solo
y solo has de volver a ver tu rostro
dádiva del tiempo
con la que estrenaste un nuevo salmo para sus ojos
tu oficio ha sido siempre divertir
creer que la felicidad
está en el acto que ejecutas a diario
pero no te das cuenta que la felicidad nace del alma
y que solo no puedes alcanzarla
oficio que el tiempo roe
mientras él lanza al aire la moneda
y te sorprende el sonido hueco contra el piso
puedes imaginarte su sonrisa
en el dibujo que describe la moneda
rodando corazón adentro
pero sólo es un amago
que el sonido inventa y disimula
vertiginosamente cierras los ojos
tratando de encontrar una fuerza
un impulso que te lleve al escenario
donde alguien espera ansioso tu función
naciste bajo las candilejas de la carpa
y aún los sueños te parecen imposibles
fueron alas sosteniendo la flacidez de tu cuerpo
resortes que él construye para que no fallezcas
contigo se irían apagando una a una
las luces de la vida.
poema al amor prohibido
terminada la función
las bailarinas se besan apasionadamente
mientras retiran el maquillaje de sus rostros
el escenario es ahora un país inhabitado
donde danzaron bajo las luces
las extrañas muchachas que se aman
hay fuego ardiendo en las pupilas del acomodador
que muere ensimismado
y se levanta muerto
y echa a andar despaciosamente
dejando atrás el acto feroz del amor prohibido
las bailarinas comienzan su danza metafórica
su danza solitaria de los siete velos
y la música se eleva desde el alma
y el corazón les estalla con sus luces de neón
con sus alas abiertas
dispuestas para el vuelo
detrás de los espejos
las bailarinas asisten a una función eterna
sin más vestuario que su propia desnudez
mientras afuera llueve
y el acomodador baña su única muerte
y se va feliz
feliz
cantando su honda soledad.